Nuevo lenguaje de Gobierno. El post público

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Uno de los lamentos más habituales de la Comunicación Pública es, con diferencia, la baja participación de los usuarios. Foros, blogs y encuestas languidecen en la web oficial mientras fuera, en el inmenso océano cibernético que se extiende más allá de la Administración, fluyen alegremente las recomendaciones, los comentarios y las opiniones.

En cierta forma, es difícil no asumir la responsabilidad del naufragio. Cuando políticos y gestores institucionales han decido confiar al fin en Internet, después de años de no pocos recelos, los ciudadanos han optado en el último momento por dejarnos a solas con nuestros indicadores, con todo el banquete ya pagado y con las caras aún estupefactas del Consejo de Dirección.

La pregunta, entonces, es cómo explicar las causas del desastre. ¿Decimos lo que, quizá, esperan escuchar nuestros dirigentes? ¿Que la comunidad en la que participamos es independiente, perezosa a veces y, por lo general, no está todo lo sensibilizada que debiera para comprender “nuestra misión”? Desde luego, esa sería la opción más sencilla pero no lo más sincera, ni tampoco la más útil o inteligente.

En realidad, no hace falta ser demasiado explícitos para justificar lo que, por desgracia, es un mal tan común como aceptado en el universo de los sitios públicos: que ciudadanos y gobiernos hablan todavía idiomas distintos.

El ejemplo más notorio de esa disfunción, como dirían algunos analistas compasivos, lo encontramos ya en el corazón mismo de la Gobesfera, en la sección de posts. Allí, protegidos por una limpia y reluciente maquetación, kilómetros y kilómetros de texto se amontonan y se arrebujan ante el lector dispuestos a recitar de memoria los nombres de ésta o aquella ley, de los múltiples directores técnicos del proyecto, de los variados departamentos que hacen posible lo imposible.

Y sin embargo, nada se mueve más allá de tan importante derroche técnico.

US General Services Administration

Como recuerda el Libro Blanco sobre Gobierno en Línea de la Administración General de Servicios de los Estados Unidos, lo que los nuevos ciudadanos esperan de sus instituciones en Internet es honestidad, voluntad para escuchar, humildad por aprender de los usuarios, cercanía y capacidad real de conversación.

Para ello, es indudable, aquéllas deben primeramente adaptarse al nuevo lenguaje de la Web y de las Redes Sociales en las que participan. Por ejemplo, no basta con publicar contenidos presuntamente útiles e interesantes si nuestros posts siguen hablando la misma jerigonza del Boletín Oficial del Estado.

Podrían citarse numerosas recomendaciones sobre el tono, estilo y registro lingüístico más apropiado para cada caso. Como ya se ha escrito suficiente al respecto, lo mejor es invocar nuevamente al sentido común y recordar algunas ideas básicas:

  1. Los posts son posts: no son ni comunicados de prensa, ni noticias, ni reportajes técnicos, aunque a veces puedan tomar prestados recursos de distintos géneros literarios y periodísticos. Nuestra comunidad no necesita comprarnos y, probablemente, nosotros no necesitemos vender más que entusiasmo y compromiso. La venta real, la de quienes asumen el riesgo personal y la responsabilidad sobre la gestión pública del proyecto, llegará por sí sola.
  2. No estamos solos: lo competente no quita lo cortés. Seamos generosos. Hablemos menos de nosotros mismos y más de lo que ocurre a nuestro alrededor. Hemos de convencernos de que ya no somos la fuente, la autoridad, la referencia única. Puede que nuestra institución tenga las competencias sobre un determinado sector pero eso no impedirá que, con menos complejos y una experiencia quizá más directa, decenas de expertos nos adelanten con sus blogs por ambos lados de la carretera, cargados de influencia y risueños seguidores.
  3. Seamos claros: góngoras y juanramones sólo nacen una vez. Que escribamos en un blog institucional no significa que tengamos que reinventar el Barroco. La sencillez y la claridad no están reñidas con la altura de nuestros objetivos y, además, nos ayudan a adelgazar el texto de reseñas literales, apellidos solemnes y nomenclaturas administrativas. Como decía Nietzsche, los verdaderos sabios se esfuerzan en ser transparentes.
  4. Pulcritud lingüística: la lengua es como un presupuesto, un código informático, una referencia legal, un pliego de contratación. Tiene sus normas y sus reglas. Si falta algo o sobra un carácter, puede que funcione incorrectamente o provoque el efecto contrario al deseado. Hay que convencerse de que un texto con errores, un párrafo de hasta 10 líneas sin un solo punto o un par de frases concatenadas sin la menor concordancia de tiempo, género o número, suponen cien puntos menos de credibilidad. Más aún si procede de un Gobierno.
  5. El tamaño no importa: aunque suene a tópico, la calidad y la concisión son más importantes que los centímetros cuadrados de nuestro artículo, máxime si no hay nada nuevo que contar. Nos guste o no, la falta de tiempo y la dificultad de concentración son dos de los grandes males de nuestro siglo.
  6. Lo público puede ser divertido: sólo requiere pedagogía, un tono más distendido y mucho buen humor. En el fondo, la gestión pública y la acción de los gobiernos son realidades tan cercanas, tan cotidianas y tan presentes en nuestras vidas que resulta curioso que nos pasemos buena parte del día hablando de ellas. Eso sí, siempre con desprecio, enfado o lejanía. Quizá sólo necesitemos quitarle sobriedad y gravedad a nuestros textos para que la actividad pública resulte menos terrible y más atractiva.
  7. Autocrítica: ser humanos y comportarse como tales, con errores y tropiezos, es en la Red Social una garantía de afecto y solidaridad. Si queremos una relación ágil, directa y provechosa con nuestros conciudadanos, lo último que se espera de nosotros es aparecer como demiurgos infalibles y severos, capaces de contar milagros pero insensibles ante la belleza y la irracionalidad del mundo. Dediquemos algunas líneas, de vez en cuando, a compartir los anhelos públicos y confesar, también, sus pequeñas decepciones.

En resumen, y esta es la segunda queja más frecuente de la Comunicación Pública, lo que hoy precisamos es menos miedo al error, más humanidad y más valentía para hacer posible el cambio.

Tim O’Reilly, en su conferencia El Gobierno como plataforma de Grandeza, presentada durante el reciente congreso Gov 2.0 de Washington, decía que los grandes cambios sociales vinieron de la mano de unos pocos, unos héroes hoy, unos traidores en su día por su adelantada visión.

“No importa el tamaño del reto. Ni siquiera si seremos capaces de conseguirlo. Lo extraordinario es intentarlo, intentarlo”.

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