Marketing de acoso

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¿Cómo promocionar la enésima película de terror barato (vuelven los exorcismos) entre tu target de la forma más barata posible? Si tu objetivo son adolescentes, basta con entrar en su mundo online y colocar tu promoción de forma que los chicos reciban el mensaje y tengan una buena experiencia emocional que lo grabe aún más profundamente en sus impresionables mentes. Ejemplo: la última campaña en Chatroulette para el estreno de la película The Last Exorcism.

Chatroulette tiene alrededor de un año de vida y ha generado mucho buzz merced a la genialidad y sencillez de la idea: conectas tu webcam y videochateas con un extraño. Si no te gusta, cambias y pruebas a otro. La única pega es que el spam humano la ha invadido y no es raro toparse de frente con el primer plano de algún chico de ideas extrañas retransmitiendo su onanismo en directo.

Aprovechando que no son pocos los adolescentes que navegan la página con la esperanza de que alguna chica acceda a mostrarles algo, la productora Lionsgate creó este viral en que una chica nos sonríe y comienza a desabrocharse el escote. El espectador cree haber dado en el blanco y se relaja para, acto seguido, encontrarse con una posesa haciendo muecas al otro lado de la fibra óptica. Claro, da miedo.

La pregunta es hasta qué punto podemos llegar a la invasión de la intimidad de nuestro público objetivo. Sin juzgar lo que cada uno haga en Chatroulette, pienso que no tenemos derecho y puede resultar contraproducente entrar en una situación íntima e introducir un mensaje comercial indeseado (¡menos aún dar un susto!) a nuestro objetivo. Si la publicidad personalizada de Facebook es aceptada a regañadientes, qué pensar de esto. El mensaje publicitario llega, sí, pero podemos generar una reacción negativa. Y nos sobran los ejemplos sobre qué puede pasar en el siglo de las redes sociales. Tal vez no con adolescentes vergonzosos, pero sí con adultos cada vez más acostumbrados a quejarse a través de ellas. E incluso, tal vez, los propios adolescentes contraataquen con parodias del viral. Claro que esto último tampoco es necesariamente negativo.

Si, a pesar de todo, elegimos entrar en la intimidad, es mejor distraer de forma placentera o inteligente de modo que la intromisión quede perdonada. Y esto sí que garantiza un buen recuerdo y, probablemente, un fuerte cambio actitudinal. Al fin y al cabo, el viral de la película difiere en poco de decenas de otros anuncios (especialmente de chats eróticos) que utilizan el mismo formato en Chatroulette. Un buen ejemplo de esto es el músico independiente Ben Folds, que ha empleado Chatroulette en directo en sus conciertos de improvisación. Más de un millón de personas ha visto ya uno de sus vídeos en YouTube.

Otro ejemplo que personalmente me predispone en contra son los cambios de nombre a lugares de ciudades por razones de patrocinio. El Teatro Haagen-Dazs Calderón en Madrid o la Sala Heineken Arena me parecen un ataque a lugares que me pertenecen como ciudadano. No quiero tener a las marcas presentes en mi vida cotidiana de esta manera. Me gusta que un teatro se llame Calderón y no entiendo qué pinta el nombre de una marca de helados junto al nombre del viejo dramaturgo. O que mis recuerdos de noches de baile adolescente o de conciertos de música pasen a ser patrocinados por una marca de cerveza que me veo obligado a nombrar cada vez que quiero evocarlos. Lo entiendo como una invasión inaceptable y me aleja de las marcas. ¿Qué será lo próximo? ¿Comprar calles a cambio de financiación de servicios públicos? ¿Dejará uno de vivir en el Paseo de la Castellana para morar en la Avenida Coca-Cola? Si esto pasa, nos veremos en el monte; en la Sierra de Accenture, por ejemplo.

Vía | AdFreak

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