La automoción se sube al carro del crowdsourcing, ¿o no?

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Desde que en 2009 Fiat Brasil se sirviese del crowdsourcing para el desarrollo de sus modelos de automoción, no han sido pocas las empresas del sector que han querido sacar partido del concepto de la Larga Cola de Chris Anderson, ¿pero fue realmente el pistoletazo de salida en la materia? ¿Qué hace especial el caso de Fiat?

Cuando hablamos de participación de la comunidad en la elaboración y diseño de un producto nos viene a la mente el ejemplo Fiat Mio, un coche construido por la comunidad bajo licencia Creative Commons en la que 17.000 participantes proporcionaron más de 11.000 ideas a través de la plataforma desarrollada para la ocasión y de los perfiles de Facebook y Twitter, con el objeto de generar un modelo al gusto del consumidor.

El éxito de esta iniciativa todavía repercute positivamente en la marca “Fiat” y la posiciona como innovadora por ser una de las primeras grandes apuestas por el crowdsourcing. Pese a lo que pueda parecer, la co-creación en el sector automovilístico existe desde antes de que Jeff Howe acuñara el término “crowdsourcing” en su artículo publicado en 2006 en la revista Wired.

Desde el año 2000, y bienalmente, Peugeot organiza un concurso de ideas: ‘Peugeot Concurs de Design’, en el que los usuarios diseñan prototipos de vehículos en función de la temática de cada edición. La mecánica del concurso es muy similar a la propuesta por la marca italiana: Peugeot selecciona 30 propuestas que se publican en la web para que el resto de los usuarios las voten. Tras varias rondas de votaciones, Peugeot elige los tres mejores prototipos y construye el diseño ganador, que se muestra en el Salón del Automóvil de Frankfurt (9 años antes de que Fiat hiciese lo propio en São Paulo Auto Show), pero no se toca, es decir, no se saca a la venta.

Por su parte, ya en 2003 BMW lanzaba un proyecto de lo que por entonces todavía se denominaba co-creación y ponía en marcha: ‘Customer Innovation LAB’, una comunidad online en la 1.045 usuarios participaron aportando ideas y votando las sugerencias de otros. El laboratorio estuvo abierto 5 meses en los que se recogieron 215 ideas innovadoras para productos y servicios. ¿Resultado final? La marca alemana hizo realidad y lanzó al mercado sólo dos de ellas. Actualmente, BMW ha continuado con una iniciativa similar, llevando de ciudad en ciudad ‘BMW Guggenheim Lab’, un laboratorio que busca soluciones innovadoras para la vida urbana.

Entonces, ¿qué diferencia la iniciativa de Fiat frente a las demás? Podemos indicar tres grandes aspectos que han marcado la diferencia:

  • Una sociedad imbuida y educada en la era de internet, no sólo en relación a sus utilidades sino también en el cambio de filosofía vital.
  • El hype de las licencias Creative Commons, que han pasado de su conocimiento y uso específico en un área determinada, a ser conocidas y empleadas de una manera más popular.
  • El impulso de las redes sociales, geniales difusoras de iniciativas de este tipo.

Tras estos apuntes, nos vienen a la cabeza varias preguntas: ¿dejarías a la comunidad el poder de desarrollar tu producto? El crowdsourcing está de moda (aunque hay marcas que innovan y deciden públicamente no escuchar al cliente), y establece un compromiso entre marcas y usuarios en el que éstos colaboran en la elaboración de un producto, mientras que aquéllas podrán aplicar las ideas mejor valoradas. Sin embargo, son muchos los casos en los que las marcas no cumplen su parte del trato y las ideas aportadas por la comunidad se quedan en eso, ideas.

¿Qué habría sido del capítulo de Los Simpson si el hermano de Homer, en lugar de basarse en las ideas y sugerencias de su hermano para desarrollar un nuevo coche, hubiese empleado la herramienta del crowdsourcing? ¿Se habría visto en la ruina y la indigencia? ¿Habría vuelto para pedir prestado dinero a Homer para desarrollar el prototipo del traductor de balbuceos de bebes? Nunca lo sabremos, pero posiblemente hubiese corrido la suerte de BMW y Peugeot. En 1991 el potencial de internet y las redes sociales no estaba siquiera en la mente de Steve Jobs, Bill Gates o Zuckerberg.

Imagen | Emerson Alecrim

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