Impresoras 3D, cuando el producto es la innovación constante

Innovación

Mamá, ¿Me imprimes este patito de goma que he visto en Internet?
Me he quedado sin “resina” en la impresora 3D, tendrás que esperar a que compre.

Las impresoras 3D posibilitan la elaboración de objetos tridimensionales, partiendo de información digitalizada. En un futuro, esta tecnología puede transformar parte de nuestra sociedad, del mismo modo que la democratización de los medios de producción audiovisual han transformado la forma en que consumimos la información, gracias a la popularización de Internet, tanto en nuestro hogar como en movilidad.

Las impresoras 3D son relativamente jóvenes. La primera fue creada en 1984 por Charles Hull. Son un símbolo de la relación entre lo digital y lo analógico. Hemos digitalizado documentos de texto, películas, fotos, hasta nuestras redes sociales han visto mejorada su capacidad y eficacia gracias a la digitalización de las mismas con herramientas como Facebook, Twitter, WhatsApp, Skype, etc. La digitalización no cambia tanto la realidad, más bien la potencia y la lleva a otra dimensión. Esto es lo que ha sucedido con la digitalización de las relaciones personales y lo que puede llegar a pasar con las impresoras 3D.

La creación de objetos ya no será un feudo de empresas con capacidad para comprar costosas impresoras en 3D. Gracias al abaratamiento de las impresoras 3D cualquiera con interés y conocimientos podrá inventar y comprobar la viabilidad de nuevos objetos y herramientas. Además, si te puedes imprimir un recambio o el objeto en sí, el planteamiento de la logística y el stock es radicalmente diferente.

Ya hay contenidos gratuitos con licencia Creative Commons como fotos, música, libros, etc. Los diseños de objetos o incluso de impresoras 3D Creative Commons también tienen sus defensores como Schuyler St Leger, un niño que nos muestra en el vídeo que encabeza este post por qué ama su impresora 3D RepRap. Además, nos recuerda las dificultades de los inventores para construir sus innovaciones y cómo él salva esta barrera gracias a una impresora 3D RepRap que tiene un precio de unos 700€ sin montar, y cuyo diseño no está sujeto a derechos de autor.

Si se popularizan las impresoras 3D, la decoración, los juguetes, nuestra creatividad puede explorar nuevos caminos y mucha más gente podrá crear. No obstante, parece que la tecnología aún está un poco lejos del bolsillo de la clase media y, como mucho, en un futuro podremos aspirar a ir a un centro de impresión 3D para producir nuestros modelos, con la misma facilidad que ahora acudimos a un centro de impresión tradicional en papel.

¿Cómo afectará a la innovación de los objetos? De la misma forma que la industria del contenido se ha tenido que adaptar a la nueva realidad de Internet, es decir, cualquiera puede escribir y publicar. Ya no hay que disponer de un costoso equipo para tener un blog, colgar unas fotos o un vídeo en Internet a nivel mundial. Anteriormente, eran los medios de comunicación, las editoriales y productoras los únicos que podían hacer una comunicación de masas al disponer de capital para invertir en las costosas herramientas de creación de contenidos como las imprentas.

Cuando el objeto ya no es una novedad o puede replicarse, el acceso a actualizaciones y la mejora constante puede llegar a ser la innovación el factor diferenciador. Ya sucede así en el sector del software, cuya principal motivación es la constante mejora y los servicios en línea asociados. Este es el caso, por ejemplo, de las videoconsolas, que se libran de ser pirateadas gracias a los servicios en línea que ofrecen, con actualizaciones que mejoran las funcionalidades y con la posibilidad de jugar online.

Otro aspecto a tener en cuenta es que, si ya en algunos casos la tinta de impresora tiene un precio mayor que el del oro, ¿Qué precio tendrán los consumibles de las impresoras 3D? Parece claro que los materiales de uso más común deberían abaratarse, ya que vamos a un mundo de producción más flexible y personalizado donde el diseño artesanal y el industrial prácticamente irán de la mano.

Pero no sólo a nivel de consumidor. Las impresoras 3D, en campos tan importantes como la medicina, encuentran un importante y hasta decisivo lugar, ya que tienen la capacidad de crear objetos tan pequeños como para ser implantados en nuestro organismo. Un ejemplo de esta fantástica característica la encontramos en una nano-impresora 3D desarrollada en la Universidad Tecnológica de Viena, capaz de crear objetos microscópicos en unos pocos minutos. Incluso se ha realizado un trasplante de mandíbula gracias a una impresión 3D con polvo de titanio.

Los museos, siempre atentos a las aplicaciones tecnológicas más punteras, también recurren al uso de estas máquinas. El Instituto Smithsonian ya ha digitalizado varias piezas para crear réplicas y mostrarlas al público sin miedo al deterioro. Se plantean, incluso, compartir a modo Open Data, los moldes 3D de las obras, para que cualquier tipo de entidad, ya sea museo, universidad, particular, etc., pueda imprimirlas.

Con el avance de la realidad virtual aumentada y las pantallas 3D, que pueden representar en tres dimensiones cualquier objeto en una imagen ya sea fija o en movimiento, parece que las impresoras 3D poseen -irónicamente- cierta remanente analógica entre tanto contenido digital: Realizar un molde digital de algo nuevo, o de algún objeto que ya existe, para crear de nuevo algo tangible. Pero ya sabemos que el ser humano explora el mundo con los sentidos y siempre desea ver y tocar todo lo que tiene a su alcance.

Llegados a este punto, el único límite será la imaginación y la capacidad de plasmar en un diseño por ordenador nuestras ideas. La impresora 3D hará el resto.

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